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Adviento: tiempo de espera y alegría

La Navidad ha perdido su significado para nosotros porque hemos perdido el espíritu de la esperanza. No nos debemos preparar para una celebración nos debemos preparar para una experiencia. (Handel Brown)


Dice Handel algo esencial para este tiempo, la preparación de una experiencia, vivir el Adviento con esperanza, porque al final, seas católico, ateo o de cualquier otra fe, la Navidad nos incluye a todos y nos ofrece la oportunidad de caldear el corazón, de recuperar la cercanía perdida durante esta pandemia que nos ha alejado, y prepararnos para vivir cada cena, cada momento en familia o con los amigos de forma especial, regalando nuestro tiempo, siendo una luz en medio de la oscuridad que tantas veces nos envuelve, a nosotros mismos, a amigos cercanos o a la sociedad.


Ya estamos en el Domingo de la Alegría, solo queda una semana para la Navidad y cada vez hay más adornos, más luces, pensamos en la cena y en ver a la familia. En este domingo la Esperanza y la alegría se encuentran, son virtudes hermanas, la esperanza genera alegría. Encendamos esta vela rosa con alegría sincera, esperando como el personaje de este segundo cuento de Adviento.


El viejo Guarda


Había una vez, en las murallas de Belén, en un día frio de nieve, se encontraba un anciano sentado, mirando caer la nieve y pensando en los tiempos pasados. Se trata de Simeón, el viejo guarda de las puertas de Belén, que llevaba más de sesenta años vigilando las entradas. Cada mañana las abría con los primeros rayos del sol, y por la noche, con los últimos, las cerraba.


¡Había visto a tanta gente diferente entrar y salir del pueblo! Con los años había adquirido una habilidad especial para distinguir las intenciones de cada uno, a veces buenas y otras malas. Ahora se encontraba cansado, le pesaban los años y sus movimientos eran lentos, las fuerzas le abandonaban y apenas podía levantar la gran llave. Llevaba ya un par de años con mucha dificultad para abrir la puerta, en esos días ya le era imposible. Un guarda joven había ocupado su puesto y se dedicaba a abrir y cerrar la puerta, mientras Simón era solo responsable de una pequeña puerta al este del pueblo, La Puerta Alta. A pesar del sufrimiento que le causaba verse sustituido, se llenaba de alegría al llegar a la puerta Alta y pensaba en las palabras de su predecesor: “Un día será necesario abrir la puerta Alta. Cuando llegue el momento lo sabrás con certeza”.



Nunca se había abierto La puerta Alta. Todos sus años de servicio, Simeón había custodiado esa llave, con cuidado de que no se herrumbrase, por si llegara el momento de abrirla. Y sumido en esos pensamientos, ansiando que llegara el momento de abrir la puerta, se levantó y se dirigió al armario, lo abrió y tomo la llave entre sus ancianas manos. Se sentó en la ventana mientras veía caer la nieve y limpiaba la llave, que a pesar de ser de hierro, brillaba como la plata.


“Un día será necesario abrir la puerta Alta. Cuando llegue el momento lo sabrás con certeza”.


Simeón no dejaba de pensar en aquellas palabras, angustiado por si hubiera llegado ese día y le encontró dormido, o lo dejo pasar por algún descuido. En ese momento miro al cielo que parecía abrirse, dejando entrar unos potentes rayos de claridad que incidían sobre la puerta, procedentes de una gran estrella fugaz. Todo se llenó de claridad y la puerta parecía de oro. Simeón contemplaba estupefacto la escena. Los rayos de luz se intensificaron y se empezaron a proyectar sombras de luz en la muralla, poco a poco el anciano empezó a diferenciar las formas, que parecían la de un hombre que tiraba de un burrito con una mujer embarazada. Las figuras se movían despacio y parecían cansados, pero había otra figura. Un niño tomaba de la mano al hombre y parecía guiarlos hacia la puerta Alta.


Las sobras empezaron y difuminarse y solo distinguía la del niño, que parecía mirarle y seguía caminando hacia la puerta. En ese momento Simeón saco fuerzas y se enderezo sobre sus piernas, que apenas le respondían. ¡La puerta Alta! ¡Ese niño se dirige a la puerta alta! Se empezó a agobiar por no llegar a tiempo a abrirla, porque el niño seguía acercándose. Era solo una sombra de luz, pero el ambiente en alrededor de la puerta y su figura era cálido, en medio de la gran tormenta de nieve que sacudía al pueblo y mantenía desérticas las calles. Sus ojos eran como dos estrellas y le sonreía. No quería hacerle esperar y perder la oportunidad de abrir la puerta, ese era el momento, lo sabía, lo sentía. Introdujo la pesada llave y con un suave chasquido, se abrió fácilmente la puerta, que seguía brillando dorada como el oro. La sombra del niño llego a la puerta justo en el momento que la puerta se abría y desapareció.


Simeón se quedó quieto, lleno de una sensación de paz y calidez. Un fuerte viento soplo y lo empujaba por detrás hacia la puerta Alta, mientras el resistía por no abandonar su puesto. Entonces apareció el niño ante sus ojos, en el umbral de la puerta, envuelto en tanta luz que apenas diferenciaba sus formas. El niño le tendía la mano y todo su ser se llenó de fuerza para acercarse y tomar la mano del niño, en la que diferencio una pequeña herida. En ese momento otra puerta apareció. “Simeón, yo también he dejado una puerta abierta para ti”. Una voz resonó en su mente, el niño sonreía y juntos se dirigieron a la pequeña puerta que brillaba como una estrella en el cielo. El anciano se abandonó con fe, sabía que todo iría bien, que no tenía que preguntar cómo iban a llegar a la puerta. Un camino se dibujó desde la puerta Alta, a la pequeña puerta del cielo, y juntos iba subiendo poco a poco, sus piernas cada vez tenían más fuerza y su espalda se enderezaba. Cuando por fin llegaron a la puerta, esta estallo en luz y se fusiono con la estrella cuya claridad había deslumbrado a Simeón.



El guarda joven se levantó corriendo para contemplar esa gran luz que brillaba en el cielo, y paso lo que quedaba de noche contemplando la estrella. Por fin amaneció y abrió la puerta de entrada a la ciudad. Le parecía raro que Simeón no hubiera ido a ayudarle. Unos minutos antes de la llegada de los primero rayos solía llegar el. “Por si te quedas dormido o necesitas ayuda” solía decir. El Joven siempre se dejaba ayudar. Se empezó a preocupar y acudió a la puerta Alta. Al llegar contemplo que la puerta estaba abierta. No había rastro del anciano guarda por ningún lado, ni de la llave. El joven corrió al pueblo, sin poder cerrar la puerta, que desde ese día quedo abierta.

Simeón siempre le contaba que algún día habría que abrir esa puerta, que él lo sabría cuando fuera el momento. ¿Había llegado el momento? ¿Dónde estaba Simeón? No había rastro de el por ningún lado.


Pasaron los días y todos en el pueblo se fueron enterando de la desaparición de Simeón y la puerta abierta. El guarda joven, además de pensar en una explicación de lo que había podido pasar, se preguntaba quiénes serían los nuevos extranjeros que habían pasado por el pueblo, un hombre y una mujer embaraza sobre un burrito, que no habían entrado por la puerta principal.


Jamás se dudó en el pueblo que aquel que tenía que entrar por la Puerta Alta, estaba ya en el pueblo.

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